Cómo hablar con los niños de temas complicados (y cómo ayudarnos con los cuentos)

Tal vez, lo primero que tengamos que preguntarnos es si es necesario hablar de temas espinosos, tristes o angustiosos con los niños; si no sería mejor mantenerlos alejados de las inclemencias de la vida y prolongar ese estado de ingenua felicidad el máximo tiempo posible. ¿No son niños para eso? ¿no es la infancia el único momento de la vida en el que uno tiene derecho a mantenerse libre de preocupaciones?

Lo cierto es que no. A pesar de que eso sea lo que esperamos los adultos, nuestro empeño de proteger a los más pequeños de la aspereza de la existencia no les mantiene indemnes a nuestras emociones ni a los cambios que se producen en su entorno. Porque cuando algo va mal, por mucho que nos esforcemos en disfrazar la realidad, los niños van a preguntar, y el silencio y las mentiras sólo generarán confusión, angustia y limitaciones.

Una vez, acudí a un congreso en el que se hablaba del intercambio generacional, esto es, la creación de vínculos de amistad entre los niños y niñas de una escuela infantil (3 años) y las personas mayores, algunas con un leve deterioro cognitivo, de una residencia cercana. A todas luces, el intercambio resultaba positivo para ambos grupos, y entre otras cosas, se hablaba de cómo los niños convivían con naturalidad con aspectos tales como la muerte y la enfermedad. Llegados a este punto, un señor que formaba parte de la audiencia, intervino y expresó su opinión bastante alarmado: ¿y qué necesidad tienen los niños de conocer ese lado de la vida? Los niños son niños y para todo hay un momento; decía. Y sí, coincido con el señor en que todo tiene su momento y que no se trata de adelantar ciertos temas sin necesidad. Pero la vida está en marcha, y las cosas suceden. Y si el niño tiene “un amigo mayor” y el amigo mayor enferma, el niño está en su derecho de saber qué ha sucedido, por qué ha sucedido y qué puede pasar en adelante. Creo que esto no sólo es un derecho del niño, sino que además, es necesario. Los momentos llegan, y cuando llegan, debemos ser honestos. Por que las cosas suceden igualmente aunque no se hablen de ellas, y los niños se dan cuenta de que algo serio está ocurriendo y se formulan preguntas; preguntas que necesitan ser contestadas.

¿Qué tipo de respuestas debemos dar?

Cuando un momento difícil como el desempleo, la enfermedad o la pérdida de un ser querido sacude a una familia o a un grupo de niños de una clase, debemos prepararnos para abordar el tema con el fin de mostrar una actitud serena y honesta. Desde mi punto de vista, no debemos forzar emociones que no sentimos por temor a alarmar al niño; esto es contradictorio y desconcertante; es decir, creo que es lícito mostrarnos tristes ante determinados acontecimientos: con ello enseñamos al niño a expresar sus emociones a darse permisos y a desarrollar su inteligencia emocional. No obstante, también creo que debemos ser cuidadosos y elegir el momento adecuado; es decir, sentarnos a hablar una vez que  hayamos madurado nosotros mismos esa emoción, con el fin de mostrarnos equilibrados y seguros; con la disposición para contestar a todas las preguntas con sensibilidad, sin rodeos ni complicaciones y adaptándonos a la edad y capacidad de la persona que tenemos delante. Las respuesta deben ser breves, sencillas y directas. Enredarnos con eufemismos como “está descansando” para hablar de la muerte, por ejemplo, puede confundir a los niños y acabar generando miedos y angustias hacia el acto de dormir. Tampoco creo que haya que dar más información de la que nos piden, de hecho, hay muchos aspectos que los niños más pequeños no están preparados para comprender (como la irreversibilidad de la muerte). En algunos casos, las preguntas pueden no surgir espontáneamente. Esto no siempre significará que no estén ahí; puede que el niño o niños muestren temor a formularlas o no sepan cómo hacerlo. En estos casos, podemos sacar el tema con naturalidad, invitándoles a hablar de ello si así lo desean (¿te apetece que hablemos sobre tal o cual cosa?) y respetar el deseo del niño si no quiere hacerlo.

¿Cómo pueden ayudarnos los cuentos?

Los cuentos pueden ser un recurso excelente con el que los niños conectan rápidamente, y sobre el que pueden volver una y otra vez. Existen en el mercado una enorme variedad de títulos específicos para cada temática: cuentos que nos hablan sobre el cáncer, el maltrato, la pérdida de un ser querido, la discapacidad, el desempleo, la enfermedad de alzheimer… Cuentos para cada situación y para cada edad.

En la sección momentos difíciles de nuestra web www.lavidaencuentos.com podrás encontrar una serie de títulos de literatura infantil muy útiles para abordar estos temas; y en el apartado “Consultas” podrás preguntarme sobre títulos para situaciones concretas. Cuentos como Tiempo para más cuentos; sobre el cáncer, de la editorial Pintar-pintar, o No es fácil, pequeña ardilla de la editorial Kalandraka,  me parecen ejemplos especialmente bellos, delicados y útiles. Una herramienta necesaria, diría yo, para acercarnos suavemente y en el lenguaje apropiado a la severidad de la vida, pero una herramienta para usar sólo cuando surge la necesidad de hacerlo, ya que de otro modo, podrían generarse angustias innecesarias. Así, ilustrar una situación mediante una historia bonita y sencilla, con un desenlace positivo y liberador, pueden ayudar a que el niño que vive esos momentos difíciles adquiera conocimientos, nuevas habilidades de afrontamiento y se identifique con los protagonistas. Y, por qué no, también, nos puede echar una mano a nosotras, las personas adultas, descubriéndonos el lado positivo de las situaciones más amargas y recordándonos, también, que no estamos solas.

Ulises Wensell: pura poesía en cada ilustración.

Nada más comenzar 2013 asistí, por casualidades de la vida, a la exposición de una pequeña parte de la obra de Ulises Wensell, en el Salón del Libro Infantil y Juvenil. Y no sólo eso, sino que además tuve la suerte de acudir el mismo día que el catedrático Jaime García Padrino realizó un emotivo y detallado viaje por las obras más conocidas. Además, y como colofón, de la mano de Ulises Wensell Martínez, uno de sus hijos, recorrimos la exposición, gozando del sentido, la calidez y reconocimiento que éste le otorga a la genialidad de su padre. En definitiva, un recorrido visual delicioso donde pude tomar conciencia del extenso e importante trabajo de este gran ilustrador.

El legado que en 2011 nos dejó Ulises Wensell tiene corazón, movimiento y luz. Sus ilustraciones activan el resorte de los recuerdos más tiernos; se trata de imágenes tan tibias, dulces y familiares que nos hacen sentir que hubiésemos crecido con ellas.

Ulises humanizó a los animales dotándoles de una intensa carga afectiva y prescindiendo de ropas y otros accesorios: osos, patos, elefantes, gusanitos, gatos, lobos; nos mostró a la bruja Baba Yaga, al hombrecillo vestido de gris, a Coleta la poeta, a Don Blanquisucio…  Y en cada uno de estos personajes, puso un alma y una lucecita.

Es impresionante la sencillez de sus rasgos; como decía Ulises Wensell hijo: el don que tenía para “colocar la cejita, llevar la rayita de la boca hasta el punto justo o engrosar el puntito del ojo…” y con esa extrema sencillez, transmitir exactamente la emoción que el texto pretendía evocar.

Os invito a reflexionar sobre la siguiente imagen:

Cuántas cosas nos dice con tan pocos trazos. Qué soledad tan grande y qué señor tan chiquitito. Jugar con lo diminuto, para hablar de grandes emociones, es otra de las cualidades de la obra de Ulises Wensell.

Y la ambientación. Cuidadosa y magistral. Me fascinan especialmente los bosques, las manchas de luz que se cuelan a través de las ramas de los árboles, el baile de los tonos verdes y el tratamiento de las sombras. Pequeños zurbaranes de bolsillo.

Pero si hay una, de todas las obras, con la que me quedaría, es la preciosa, suave e íntima Spatzen Brauchen keine Schirm; donde Ulises enaltece la lluvia, el viento y el otoño y cuyas imágenes son de sobra conocidas en el mundo de la ilustración infantil.

Comparto todo lo que se dijo en la mesa redonda acerca de la ilustración de Ulises Wensell, y es que..¿quién puede negar que cada ilustración no es una obra de arte?

En nuestra web, contamos con la presencia de algunos de los que constituyeron sus últimos trabajos, ya en la fase de consolidación del artista, recurriendo a los animales, que tan bien conectan con el imaginario infantil y con los que tanto disfrutaba; como Peluso, el celoso hermano oso, Lola, la loba en silla de ruedas o Urko, el osezno con problemas de hiperactividad cada uno de ellos tan bello, especial y delicado que rápidamente se hará un huequecito en el corazón de los niños.

Ulises Wensell, químico de formación y pintor autodidacta; a lo largo de su desarrollo profesional, trabajó con editoriales nacionales e internacionales, recibió prestigiosos premios (Premio Nacional de Ilustración, en el 78 o el Premio Lazarillo en el 79, entre otros), utilizó multitud de técnicas pictóricas y colaboró entre otros, con su pareja: Paloma Martínez, ilustrando sus textos. Fruto de dicha complicidad nacieron el pequeño búho y la gran luna, el gatito Michifú o las historias de Valentín. Cuentos que divierten, enseñan y apoyan el crecimiento.

Ulises, que tiene nombre de cuento, puso el corazón en cada imagen, derrochó cariño con cada una de las láminas y conectó con niñas, niños y personas adultas; sin otras palabras que las del color, las formas y las líneas. Pura poesía.

 

Cuando ilustro para niños, yo siempre procuro transmitir lo que me descubren las sugerencias del texto, incidiendo en las sensaciones y emociones, en las actitudes que expresan afectividad y emotividad. Intento poner en mis ilustraciones algo de ternura, gracia, humor… y me hace feliz que los pequeños y el público adulto, las contemplen con complicidad afectiva, con simpatía y reconocimiento.” (palabras de Ulises Wensell, extraídas de la entrevista realizada por la Revista Babar) http://revistababar.com/wp/entrevista-a-ulises-wensell/